MARTHA UNA MUJER QUE NUNCA DEJÓ DE TRABAJAR POR SUS SUEÑOS
A los 18 años, enfrentó la maternidad solitaria con una máquina de coser como única arma; hoy, a sus 71, celebra una vida donde cada prenda confeccionada es un triunfo de independencia
Por: Benjamín Fuentes
LA PRENSA
PARRAS, COAHUILA. – “A los 18 años, Martha Alicia se enfrentó a un lienzo en blanco cargado de incertidumbre: la maternidad solitaria. Sin embargo, en lugar de rendirse, tomó las tijeras y comenzó a recortar un destino propio. Heredera de un ‘chip’ familiar que traía en la sangre, transformó la herencia de su madre y su tía en un escudo de dignidad. Hoy, 54 años después, su historia es el testimonio de una mujer que no solo confeccionó vestidos de novia o trajes de vendimiadoras, sino que hilvanó, puntada tras puntada, el sustento y el orgullo de toda una familia”.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, la historia de doña Martha Alicia Hurtado Gallardo nos recuerda que el éxito no siempre se mide en grandes edificios, sino en la precisión de una puntada que sostiene a una familia.
El hilo del destino
La relación de Martha con la aguja comenzó por necesidad, pero se mantuvo por pasión. A los 18 años, enfrentando el desafío de ser madre soltera, buscó en el oficio de su madre y de su tía Socorro una salida económica.
“Creo que lo traía en el chip”, dice con una sonrisa. Lo que inició con batas y mandiles en el Colegio Renacimiento y se perfeccionó en la Escuela de Formación Familiar, terminó convirtiéndose en un legado que corre por sus venas.
Una historia entre costuras y retos
Aunque trabajó siete años en la empresa Parras Williamson, su espíritu independiente la trajo de vuelta a su taller casero en 1981. Desde ese búnker de hilos, Martha ha vestido las tradiciones de Coahuila. Por sus manos han pasado desde delicados ropones de niño hasta los icónicos trajes de vendimiadoras —de los cuales ha llegado a confeccionar hasta 100 piezas por temporada— y los vibrantes vestuarios del ballet de Javier Soto para la pieza “Parras-Paila”.
Uno de sus mayores orgullos profesionales fue un encargo monumental: coordinar a seis personas para confeccionar 500 uniformes de mezclilla destinados a un colegio en Monterrey. Sin embargo, su mayor proeza técnica reside en el recuerdo de un vestido de quinceañera que requirió 200 metros de olanes, una arquitectura de tela que solo alguien con su paciencia podría edificar.
La costura como puente humano
Para Martha, la costura ha sido, sobre todo, una herramienta de socialización. “Gracias a esto haces muchas amistades; la gente misma te recomienda“, comenta. En un mundo que hoy apuesta por lo desechable, ella defiende el valor de lo hecho a mano y la satisfacción de ver a un cliente conforme con su prenda.
Hoy, con sus tres hijos casados y realizados, Martha sigue organizando su tiempo para no dejar de hacer lo que ama, aunque ahora prefiere los pedidos pequeños para dar paso a las nuevas generaciones.
Un mensaje de reflejos
En este 8 de Marzo, Martha mira hacia atrás sin arrepentimientos. Su mensaje para las mujeres que desean emprender es un espejo de su propia vida: “Hago lo que me gusta y aparte me pagan. Lo difícil es empezar, pero todas tenemos un don”. Para ella, la palabra “Mujer” es sagrada porque es el origen de todo.
A través de sus ojos, vemos que entre hilos y telas no solo se fabrican vestidos, sino vidas llenas de orgullo, independencia y una dignidad que no conoce el desgaste.