Entrega en el Vaticano un informe con 24 acusados en la Iglesia en América; más de la mitad de los casos se sitúan en Colombia y el resto, en Argentina, Bolivia, Cuba, El Salvador, Estados Unidos, México y Venezuela
Por Carlos Carabaña/El País
La Prensa
ESPAÑA.- La investigación que EL PAÍS ha emprendido en los últimos años sobre la pederastia del clero en América, en la que ha publicado ya decenas de casos, prosigue con la entrega en el Vaticano de un informe con 21 testimonios que acusan a un total de 24 sacerdotes, religiosos y laicos de ocho países. Colombia acapara más de la mitad de los casos, un total de 13, y el resto se sitúan en Argentina, Bolivia, Cuba, El Salvador, Estados Unidos, México y Venezuela. Este trabajo, de más de 100 páginas, acompaña al sexto dosier de casos en España que este diario también ha enviado a la Santa Sede, con el que eleva ya a 841 testimonios los reunidos en los últimos cinco años en este país. Ocupan en total más de 1.800 páginas. Este primer informe de casos en América amplía al continente el proyecto de investigación.
EL PAÍS comenzó a elaborar estos dosieres para el Vaticano en 2021 ante la avalancha de testimonios que recibía en su correo electrónico de atención a víctimas, abierto también en América en 2022 ([email protected]). Lo hizo ante la imposibilidad de publicarlos todos y por la evidencia de que la mayoría de los casos eran encubiertos a nivel local por diócesis y órdenes. De este modo el Dicasterio de Doctrina de la Fe podía tener conocimiento de las denuncias e investigarlas, pues es su obligación cuando recibe cualquier información. En varios casos reunidos en este nuevo informe de América queda demostrado una vez más que muchos casos denunciados no llegan a Roma, pese a que desde 2001 es obligatorio informar de ellos. En muy pocos las víctimas han recibido la atención adecuada o una compensación económica. Al contrario, se les ha ignorado.
Las historias que ahora salen a la luz revelan que en casi toda la Iglesia católica de Latinoamérica aún está todo por hacer, en contraste con el camino ya recorrido en Estados Unidos, Europa y Australia. Solo la Iglesia de Chile ha hecho algo parecido al Informe Ryan de Irlanda o el Informe MHG/Dressing de Alemania, señalan las académicas Veronique Lecaros, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, y Ana Lourdes Suárez, de la Universidad Católica Argentina, editoras de un libro reciente titulado Abusos eclesiales en América Latina. Una crisis en el corazón del catolicismo. En 2020 se publicó en Chile un informe, elaborado por la Comisión para el Análisis de la Crisis de la Iglesia Católica, que da cuenta de 568 víctimas de abusos sexuales, de las que 320 eran menores de edad, y marca que hubo 225 agresores.
“En Chile hubo una serie de circunstancias que obligaron a que se encarase el problema de una forma más seria”, aseguran las académicas, “pero, en el resto, ningún país ha dado pistas de que vaya a hacer algo similar”. El principal motor fue el propio papa Francisco, que tomó personalmente las riendas en este caso y obligó a dimitir de un plumazo a toda la cúpula de obispos de Chile. Fue una excepción, por empeño personal del pontífice argentino, junto a la investigación y disolución del Sodalicio en Perú.
La investigación de EL PAÍS trata de romper ese muro de silencio. Este nuevo informe de casos en América se oculta la identidad de las personas que han aportado su testimonio, pero este diario la facilitará a las autoridades eclesiásticas si lo solicitan cuando abran una investigación y el interesado da su permiso. Algunos de los acusados no han podido ser identificados, pues quien presta su testimonio no lo recuerda, algo que suele ser frecuente en los casos de pederastia. No obstante, en sus relatos hay detalles que pueden permitir a la Iglesia la identificación.
México: abusos en la confesión en un colegio
Es el caso de Nadja Fernández, exalumna del Colegio Ignacio L. Vallarta de la zona metropolitana de Ciudad de México, perteneciente a la Congregación de las Hijas del Espíritu Santo, cuando el centro escolar estaba en Lomas de Chapultepec. Relata que sufrió abusos entre 1997 y 1998, cuando tenía ocho años, a manos de un sacerdote del que no recuerda el nombre.
“Era un colegio de niñas, en una zona donde se respiraba exclusividad y poder, y las que no cumplíamos con esos estándares éramos humilladas por compañeras, maestras y monjas”, dice Fernández. Una de las rutinas en el colegio eran las confesiones. Las monjas entraban en las aulas y, si no había voluntarias, escogían una. En lugar de un confesionario clásico, con una celosía separando al sacerdote y el penitente, describe “un cubículo reducido, de dos por dos metros, con dos sillas frente a frente”.
Recuerda que el padre era alto, rubio y con un marcado acento argentino, y que al principio le hacía preguntas personales, como qué veía en la televisión, cuál era su mayor miedo o dónde estaban sus afectos. “Después de una o dos confesiones, fue entonces cuando ocurrió la primera violación. No grité ni lloré, porque realmente no entendía lo que estaba pasando, pero sentí miedo y vergüenza, y sabía que algo estaba mal. Al terminar, se acomodó la sotana y me dijo: ‘Si dices algo, tu papá se muere”. Ella le había dicho que su padre era la persona que más quería en el mundo. Nunca se atrevió a contárselo a nadie.
“A partir de ese momento, la mayoría de las veces que me enviaban con él, los abusos se repetían: aprovechaba ese espacio reducido para tocarme, hacerme preguntas vulgares sobre mi cuerpo y obligarme a tocarlo”, dice. “Los abusos duraron dos años, hasta que cumplí diez. Un día, al verme entrar, me dijo que esa sería la despedida, porque ya estaba ‘muy grande’ para él”, añade. Fernández ve que estos abusos le llevaron a desarrollar trastornos alimentarios “para dejar de parecerle atractiva”.
Años después, durante una sesión de terapia, los recuerdos le volvieron “de golpe”. Lo contó a su familia y su hermana gemela, que había estudiado con ella, le dijo que también fue víctima. Fernández cree que “las autoridades del colegio sabían lo que ocurría” y está dispuesta a identificar al agresor si aparecen fotografías o videos de la época. “No busco venganza”, concluye, “sino que quede constancia de que en ese cubículo de dos por dos, un sacerdote usó la confesión como pretexto para abusar de mí cuando tenía ocho años”.
Para las académicas Veronique Lecaros y Ana Lourdes Suárez, los casos de la Iglesia latinoamericana tienen puntos en común con el resto de países, pero también características de un contexto “socio-eclesiástico” propio. “Como en otras partes del mundo, las nuevas comunidades que se han formado en torno a liderazgos muy fuertes, con una membresía de obediencia ciega y un control de grupo cerrado, suelen terminar en abuso de poder y sexual”, dicen en una entrevista conjunta. Citan los casos de los Legionarios de Cristo en México, del Sodalicio de Vida Cristiana en Perú, los Heraldos del Evangelio en Brasil, el grupo en torno a Fernando Karadima en Chile, los Discípulos de San Juan Bautista en Argentina y la Comunidad de Jerusalén en Uruguay. “Tienen en común que los fundadores fueron denunciados por abuso sexual”, afirman. En el informe de EL PAÍS se incluye un extenso testimonio de un exmiembro de Heraldos del Evangelio que relata casos de abusos en distintos países.
Además de estas comunidades, muchas veces vinculadas con grupos de poder y extrema derecha, hay otro contexto para los abusos en parroquias en situaciones marginales. “Ahí, cuando ocurren, como el cura es básicamente un cacique con mucho poder sobre la población local, las víctimas no se atreven a denunciar ya que no tienen el suficiente capital social”, reflexionan. Ponen como ejemplo el caso del jesuita Alfonso Pedrajas en Bolivia, revelado por EL PAÍS en 2023. El escándalo salió a la luz porque el abusador había dejado un diario personal donde enlistaba sus abusos a cerca de 85 menores de un internado. “Esos chicos jamás hubieran denunciado, ya que no entraba en su mente”, explican. Otros contextos donde han detectado estos abusos es dentro de los seminarios y las casas de formación, así como las parroquias o los contextos escolares.