Cuando estudiaba Economía en la universidad, había un nombre que sobresalía por encima de todos los demás: Alan Greenspan. Para los economistas y paara quienes cursábamos esa carrera universitaria en las décadas de los ochenta y noventa, era mucho más que el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos; era, sencillamente, el economista más influyente del mundo.
Durante casi 20 años, el nombre de Alan Greenspan fue el hombre más poderoso de la economía mundial. Como presidente de la Sistema de la Reserva Federal entre 1987 y 2006, sus decisiones influían en las tasas de interés, el valor del dólar, el precio de las acciones y, en consecuencia, en el bienestar económico de millones de individuos no sólo de los EEUU, sino de todo el mundo entero.
Analistas, inversionistas, empresarios, economistas y gobiernos esperaban con ansiedad cada una de sus declaraciones, a pesar de usar un lenguaje ambiguo. De hecho, surgió el término “Greenspeak”, utilizado para describir su peculiar forma de hablar: frases largas, técnicas y difíciles de interpretar.
Muchos lo consideran un auténtico “maestro de la política monetaria”. Su estrategia, sencilla pero complicada a la vez, consistía en modificar las tasas de interés para controlar la inflación sin frenar el crecimiento económico.
Greenspan defendía firmemente la idea neolibral de que son los propios mercados quienes tienen la capacidad de autorregularse con una mínima intervención del gobierno.
La principal enseñanza que deja Alan Greenspan no consiste únicamente en la importancia de controlar la inflación o administrar correctamente las tasas de interés. Su mayor legado es recordar que la economía no es una ciencia exacta. Los modelos, por sofisticados que sean, descansan afortunadamente sobre un elemento impredecible: el comportamiento humano.
Porque, al final, la economía no necesita expertos infalibles. Necesita especialistas capaces de aprender de sus errores, adaptarse a nuevas realidades y reconocer que la incertidumbre siempre formará parte del mundo económico.
Mientras muchos imaginaban que las grandes decisiones económicas se tomaban únicamente en las elegantes oficinas de la Reserva Federal, él confesaba que buena parte de sus mejores ideas surgían en un lugar mucho más sencillo: la bañera de su casa. Cada mañana dedicaba un largo tiempo a sumergirse en agua caliente con documentos, reportes y un bloc de notas especial donde escribía reflexiones y discursos. Ahí, en medio del silencio, ordenaba sus ideas y analizaba los problemas más complejos de la economía mundial.
La economía no necesita oráculos que presuman tener siempre la razón; necesita personas dispuestas a pensar, cuestionar sus propias certezas y aprender incluso de sus errores. En tiempos donde las decisiones se toman cada vez con mayor velocidad, quizá todos deberíamos reservar, aunque sea metafóricamente, unos minutos para sentarnos en nuestra propia “bañera” y pensar antes de actuar, sí en la economía y en todo.