El gran debate de la IA en la palabra impresa
Periódicos, revistas científicas y editoriales enfrentan la pregunta más incómoda
de la era digital: qué hacer cuando la máquina redacta.
Dr. Raúl Ramos López, FACS, FASCRS (Ret.)
Este jueves, en la página editorial de Milenio, Jorge Zepeda Patterson se hizo la
pregunta que ronda a todo el que vive de escribir: ¿reemplazará la inteligencia artificial a los columnistas? Su punto de partida fue Yuval Noah Harari, quien sostiene que,
en todo lo que tenga que ver con texto y lenguaje, la IA será —o ya es— más eficiente
que la mayoría de los profesionales humanos. Zepeda no se conformó con teorizar:
hizo el experimento frente a sus lectores. Redactó su propio análisis de 200 palabras
sobre la 4T y pidió lo mismo a tres motores de inteligencia artificial. El resultado, en su
palabra, fue inquietante: tres versiones con énfasis distintos y hasta con líneas editoriales propias —una condescendiente, otra severa, otra abiertamente interpretativa—,
pese a nutrirse, en teoría, del mismo acervo público. Cada selección de aciertos y
desaciertos era, como él mismo observó, todo un editorial.
Ese hallazgo casero contiene la clave de un debate que hoy sacude por igual a
periódicos, revistas científicas y casas editoriales: la máquina no solo redacta; también editorializa, sin decirnos con qué criterio. Y la pregunta ya no es si la inteligencia
artificial puede escribir. Sí puede. La pregunta es qué hacemos con eso.
El periodismo: cuando la trampa alcanza a los grandes
The New York Times, quizá el diario más vigilado del planeta, rompió este año su
relación con un crítico literario de prestigio, Alex Preston, después de que un lector
notara que su reseña de una novela se parecía sospechosamente a otra publicada
meses antes en The Guardian. Preston admitió haber usado una herramienta de IA
para redactar el borrador y no haber detectado los párrafos que la máquina tomó
prestados de la competencia. Semanas antes, la revista Ars Technica había despedido
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a un reportero veterano por incluir citas fabricadas por un chatbot. Y un estudio difundido por The Atlantic encontró que las páginas de opinión del propio Times y del
Wall Street Journal tenían seis veces más probabilidad de contener prosa generada
por IA que sus notas informativas.
El dato es demoledor no por el escándalo, sino por lo que revela: la IA ya está
adentro de las redacciones más prestigiadas, con o sin permiso, con o sin confesión.
El experimento de Zepeda añade la advertencia fina: cuando esa prosa entra sin declararse, entra también un criterio editorial que nadie eligió y que nadie firma.
La ciencia: entre la prohibición y la trampa para cazadores
En las revistas científicas el drama es doble, porque la IA entró por las dos puertas: la del autor y la del revisor. El Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas (ICMJE) tuvo que agregar en enero de este año una sección completa a sus recomendaciones —la Sección V— dedicada exclusivamente a la inteligencia artificial. Los
revisores que quieran usarla deben ahora pedir permiso al editor y garantizar la confidencialidad del manuscrito, lo que en la práctica prohíbe subirlo a un chatbot comercial.
Las medidas se endurecen. ArXiv, el repositorio donde circula la ciencia más veloz
del mundo, anunció suspensiones de un año para autores que publiquen contenido
de IA sin verificar: referencias inventadas, tablas con datos fabricados, instrucciones
del chatbot olvidadas en el texto. El congreso ICML rechazó de escritorio casi quinientos artículos —dos por ciento de todos los envíos— por violar su política de revisión
con IA. Y en una vuelta de tuerca digna de novela, los organizadores del congreso
NeurIPS escondieron instrucciones invisibles dentro de los manuscritos para atrapar a
los revisores que los subieran a un chatbot: cientos cayeron en la trampa. Un estudio
publicado en The Lancet encontró citas fabricadas en artículos que ya habían pasado
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la revisión por pares. El sistema inmunológico de la ciencia está fallando en detectar
al intruso.
Los libros: la avalancha
En el mundo editorial literario, Hachette retiró una novela de horror tras acusaciones de uso de IA generativa, y un ensayista debió reconocer ante The New York Times
que las citas falsas de su libro —irónicamente titulado El futuro de la verdad— provenían de sus sesiones con chatbots. Mientras tanto, el mismo diario documentó el caso
de una autora de novelas románticas que, asistida por IA, publicó más de doscientos
títulos en un año bajo veintiún seudónimos. Amazon apenas pide una declaración voluntaria de uso de IA, sin obligación de avisarle al lector.
Ni pánico ni ingenuidad: transparencia y responsabilidad
Como autor de columnas y de un libro en preparación, y como médico que ha
dedicado años a estudiar cómo las instituciones responden al error, veo en este debate un patrón conocido. La reacción instintiva es punitiva: prohibir, cazar, expulsar.
Pero la prohibición absoluta es tan inútil aquí como lo es en la medicina: la herramienta ya está en todas las manos y las políticas indetectables son políticas inaplicables.
El consenso que empieza a formarse entre los editores serios es más sensato y
descansa en dos principios. Primero, transparencia: el lector, el editor y el revisor tienen derecho a saber si la IA participó y en qué medida. Segundo, responsabilidad indelegable: la máquina no firma, no responde y no se avergüenza; el ser humano que
pone su nombre responde por cada palabra, cada cita y cada dato, los haya escrito él
o su asistente digital. ArXiv lo formuló con precisión: no se castiga usar IA, se castiga
no verificar lo que la IA produjo.
Zepeda Patterson concluye que al columnista lo salvará, por ahora, su papel de
curador de la realidad: el criterio humano que decide qué merece contarse. Yo añadiría, desde la medicina, un paralelo exacto: la IA ya redacta notas clínicas que el médi-
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co revisa y firma, y nadie propone que el algoritmo asuma la responsabilidad del
diagnóstico. En la palabra impresa debe regir la misma regla que en el quirófano: la
herramienta puede ser prodigiosa, pero la responsabilidad tiene nombre y apellido.
La pluma cambió muchas veces de forma: fue ganso, fue metal, fue máquina de escribir, fue procesador de textos. Lo que nunca cambió es que detrás de ella debe haber
alguien que dé la cara. Ese alguien, en la medicina como en el periodismo y en la
ciencia, seguirá siendo insustituible