Rubén Moreira Valdez
Decidir a los 16 años a qué dedicarse el resto de la vida no es cosa fácil. Me ayudó la falta de opciones en mi entonces pequeña ciudad. Sin embargo, para no fallarle, me inscribí en dos carreras. El inicio no fue sencillo, de la abogacía no tenía, en esos momentos, ni la vocación ni la menor idea de lo que significaba estudiarla. Cosa distinta tratándose del magisterio: los profesores abundan en la familia.
El asunto de la vocación empeoró cuando en la Normal Superior, donde estudiaba para ser profesor, algunos compañeritos usaron sus mejores dardos marxistas para cuestionar lo que pensaba sería mi brillante futuro en el foro de los jurisconsultos. “Para eso me gustabas”, me dijo alguien; “mira que ser un leguleyo al servicio de la burguesía”, me espetó otro. No faltó el que aseguró que Mao ordenó la desaparición de abogados y psicólogos. Innecesarios y un estorbo en una sociedad donde todos eran felices comiendo arroz, vestidos igual y con una gorra bien gacha.
En terrenos del Ateneo Fuente, la legendaria preparatoria que se fundó en el siglo XIX, está construido el edificio de la Facultad de Jurisprudencia. Es de los años en los cuales el régimen hacía formidables obras y apostaba a lograr una educación de calidad. Allí no solo recibí los conocimientos de mi carrera, sino que también practiqué las primeras tareas en la política.
La Universidad Autónoma de Coahuila selecciona, con el voto universal de maestros y alumnos, a sus directivos. Pero, de vez en cuando, las cosas no salen como debieran y hay espacios de crisis. Me tocó vivir días convulsos, con cierre de planteles, agresiones, huelgas y manifestaciones. Pero también los días de campañas electorales y comicios reñidos. Hoy, los adversarios de entonces, son amigos y muchos de ellos, entrañables.
El gusto por la abogacía me alcanzó gracias a mis maestros y a las primeras prácticas profesionales. Mi escuela ha surtido al estado de profesionistas de calidad. Su claustro de maestros es de una admirable robustez académica en todas las materias. De mis años escolares recuerdo a profesores como José Fuentes, sólido constitucionalista y juzgador probo; Armando Fuentes Aguirre, famoso editorialista y cronista de mi tierra; Antonio Berchelmann Arizpe, impecable y docto penalista; y Óscar Villegas Rico, un lúcido profesor de obligaciones.
Han pasado 40 años desde el día en que nos graduamos en una iglesia que nos sirvió de salón de actos. Con lágrimas en los ojos recuerdo a los compañeros que partieron a la casa del Padre. Me gustaría decirles que nuestra generación cumplió con la patria, que somos dignos hijos de la escuela que fundó don Pancho García Cárdenas y que en ella hay muchos litigantes sabios, parlamentarios diestros, como Fernando de las Fuentes, y un buen número de mujeres y hombres que han dado lustre a la judicatura de Coahuila. También, por qué no, reconocer que faltan muchas cosas por hacer, pero que veo a una escuela pujante, comprometida con la sociedad a la que se debe, con buenos maestros y maestras, pero sobre todo con jóvenes que, como nosotros en aquellos días, quieren construir una patria más justa.
En diez años espero dar un abrazo a mis compañeros y que juntos podamos ver un México nuevo, alejado de los afanes dictatoriales y con un Poder Judicial de calidad, con juzgadores de carrera, ajenos a los vaivenes políticos, que dicten sentencias de calidad: jueces y magistrados como Mariano Fuentes del Bosque, Gregorio Pérez Mata, Felipe Sánchez de la Fuente, Sandra Rodríguez Wong, Efraín García Flores o Miriam Cárdenas, diestros, sabios, intachables y capaces de resolver litigios donde participen abogados de la talla de Luis Hernández Elguezabal, Francisco Yáñez Armijo, Manuel Varela Armendariz, Agustín de Valle Recio, Valeriano Valdés Valdés o Alejandro Huereca.
De volver a nacer, volvería a estudiar derecho y lo haría en la misma escuela y en la misma universidad. Claro, con los compañeros que tuve, no puede haber mejores. Mis hijos estudiaron para abogados y con ello me confirman que tomé una buena decisión al salir de la preparatoria e ingresar a la Facultad de Jurisprudencia.
P. S. Estas letras van para grandes amigos de entonces y ahora, como Marco Martínez Valero, Efraín Rogelio García y Gregorio Pérez Mata, con quienes en un “vocho” crucé el país sin temor de ser asaltado o desaparecido.
Publicado por Iris Camila Beltran




