Hace 25 años, abrir la llave y encontrar agua no era algo seguro para miles de familias saltillenses. Apenas uno de cada diez habitantes tenía servicio todos los días y el suministro promedio era de sólo cuatro horas. Las fugas por las que se perdía más de la mitado del vital líquido, la infraestructura deteriorada y la falta de inversión hacían del abastecimiento uno de los mayores problemas de nuestra ciudad, alimentando un círculo vicioso de usuarios insatisfechos que no pagaban y recursos que faltaban. Lo que no cuesta no se valora, y lo que no se valora no se cuida.

Y Saltillo no la tiene fácil. Vivimos en una región semidesértica, sin ríos permanentes ni grandes presas que abastezcan a la ciudad. Nuestra orografía tampoco ayuda: cuando llueve, buena parte del agua escurre rápidamente. Aquí, cada gota cuenta.

En ese escenario, hace un cuarto de siglo nació Aguas de Saltillo, una empresa mixta que combinó la responsabilidad pública con la experiencia y capacidad técnica de un socio privado. El municipio conservó la mayoría accionaria, inicialmente con el 51%, hoy con el 55%, mientras el 45% restante corresponde a Veolia.

La apuesta no estuvo exenta de dudas y en un principio hubo resistencias, sobr todo de quienes no pagaban, quienes después entendieron que el agua más cara es la que no se tiene.

A 25 años de distancia, los resultados permiten evaluar aquella decisión con perspectiva. En 2001 se atendía a unos 500 mil habitantes; hoy somos más de un millón. Es decir, la población atendida se duplicó, mientras la extracción de agua aumentó apenas 58%. Se logró hacer más con un recurso que sigue siendo escaso.

La proporción de habitantes con agua todos los días pasó del 10 al 70%; las horas promedio de suministro aumentaron de cuatro a catorce; la eficiencia global, del 27 al 77%, y la cobertura del servicio alcanza ya el 98%.

Detrás de esas cifras hay inversiones en redes, tecnología, detección de fugas y una gestión más profesional. Pero, sobre todo, hay familias que dejaron de organizar su vida alrededor de la incertidumbre de cuándo llegaría el agua.

También hay una lección institucional. Aguas de Saltillo ha trascendido administraciones municipales y diferencias partidistas. Demuestra que la colaboración entre gobierno, sociedad civil e iniciativa privada puede dar resultados cuando existen objetivos claros, vigilancia pública y continuidad en las decisiones. Aquí todos pagamos el agua, por eso el ticket promedio es de los más bajos del país.

Desde luego, el trabajo no está terminado. El crecimiento urbano y las condiciones climáticas exigirán nuevas inversiones y una administración cada vez más responsable de nuestros acuíferos.

Sin embargo, en un país donde tantas ciudades padecen crisis de abastecimiento, la experiencia de Saltillo merece estudiarse y replicarse, con las adaptaciones que cada región necesita. La escasez de agua puede ser una condición de la naturaleza, pero la improvisación y la ineficiencia no tienen por qué ser nuestro destino.

Saltillo no avanzó porque le sobre el agua, sino porque aprendió a administrarla mejor. Y esa es una de las lecciones más valiosas que nuestra ciudad puede ofrecerle a México.

Publicado por R Z