Durante generaciones, millones de mexicanos han cruzado la frontera hacia Estados Unidos buscando una vida mejor. Llevaron consigo sus sueños, sus costumbres y su idioma. Pero el paso del tiempo ha producido un fenómeno curioso: sus hijos y nietos conservan muchas de sus raíces mexicanas, aunque algunos ya no pueden expresarse en español.

En las redes sociales se ha popularizado una expresión que describe esta realidad: los No Sabo Kids. El término proviene de un error gramatical frecuente entre quienes apenas conocen nuestro idioma: decir “no sabo” en lugar de “no sé”. Lo que comenzó como una burla se ha convertido también en una expresión de identidad y pertenencia.

Detrás de esta aparente frivolidad existe una transformación cultural profunda.

Según el Pew Research Center, el 65% de los latinos de tercera generación o posteriores no puede mantener adecuadamente una conversación en castellano. Y el 54% de quienes apenas hablan nuestro idioma reconoce haberse sentido avergonzado por comentarios de otros hispanos por su mala pronunciación.

Como si la identidad pudiera medirse mediante un examen de gramática. Pero el fenómeno trasciende el lenguaje. Las elecciones estadounidenses del pasado martes pusieron de manifiesto que la comunidad latina si bien no constituye un bloque político homogéneo, sí influyó mucho en el resultado.

En 2024, Donald Trump conquistó cerca del 40% del voto hispano, una proporción que sorprendió a quienes suponían que los descendientes de inmigrantes votarían mayoritariamente contra sus políticas migratorias. Dos años después, solo un tercio respaldó a los republicanos.

Texas ofrece un ejemplo revelador. En un estado donde casi uno de cada tres electores potenciales es hispano, el demócrata James Talarico ganó una elección al Senado que durante décadas parecía reservada a los republicanos. Cerca del 70% de los votantes hispanos lo respaldó.

Estos resultados no significan que los jóvenes No Sabo hayan determinado las elecciones. Revelan, más bien, que compartir un origen no implica compartir las mismas ideas, preocupaciones o preferencias políticas.

Los nietos de quienes emigraron de México pueden sentirse profundamente orgullosos de sus raíces y, al mismo tiempo, pensar, vivir y votar como estadounidenses. Su identidad cultural no determina automáticamente su identidad política.

Y tampoco debemos olvidar que, para muchos, las preocupaciones cotidianas sobre el empleo, la inflación o la seguridad pesan más que la historia migratoria de sus abuelos.

Sin embargo, perder una lengua significa perder una parte importante de nuestra herencia. En cada idioma habita una manera particular de comprender el mundo. Las palabras transmiten historias, afectos y cultura que difícilmente encuentran una traducción exacta.

Por eso, el desafío consiste en despertar en quienes lo han olvidado el deseo de recuperarlo. Que descubran que aprender la lengua de sus abuelos no es una obligación impuesta por el pasado, sino una oportunidad para comprender mejor quiénes son y que lejos de demeritar su valor social, una persona bilingüe encuentra mejores oportunidades laborales.

Se puede olvidar el idioma de los abuelos sin dejar de amar la tierra de donde vinieron. Pero cuando también se olvidan sus historias, sus tradiciones y sus recuerdos, las raíces comienzan a desvanecerse.

Una lengua puede dejar de hablarse, pero una identidad sólo desaparece cuando dejamos de transmitirla.

Publicado por Iris Camila Beltran