Por Gabriel Rubio Badillo
Lo ocurrido en Coahuila, una auténtica tragedia, es un hecho indignante, que refleja la brutal injusticia que aún se vive en México. Afecta de manera mortal a las clases desprotegidas. Las condiciones de trabajo en muchas de las minas, son brutalmente inhumanas e incongruentes, respecto a las posibilidades tecnológicas que actualmente existen para su operación.
Esta desgracia debe ser un llamado a la conciencia del ciudadano y las autoridades. Para dejar, estas últimas, de mantener en condiciones miserables a los trabajadores, exponiendo sus vidas, por ahorrarse unos pesos. Y por parte de la sociedad, para dejar de ser tan permisivos y agachones, tan faltos de empatía. No hay en el país una sola manifestación de exigencia a las autoridades, en solidaridad con los mineros atrapados ni con sus familias. La mayoría de los ciudadanos son indiferentes e indolentes. Porque no les está pasando a sus propias familias. Y los grupos en el poder, los dueños de la riqueza, aprovechan esta condición, esta falta de unidad social, para hacer lo que les plazca con las vidas de los trabajadores.
Hay personas que perdieron a algún familiar en la tragedia de Pasta de Conchos. Y hoy están repitiendo la historia: otro de los suyos está atrapado en la mina de carbón. 16 años después nada ha cambiado: las mismas condiciones deplorables de explotación laboral, son las que prevalecen hoy en día. Y en nosotros como sociedad tampoco nada cambia. 16 años después permanecemos callados e indiferentes ante la tragedia, que percibimos como “de otros”.
¿Cuándo ocurre que la gente exige justicia y protesta en las calles? Cuando el dolor, la injusticia y la impunidad, alcanzan a los suyos. Entonces sí exige cambios y soluciones a las autoridades. Pero mientras la tragedia enlute a otras familias, solo leemos, si acaso, los encabezados de las noticias. O miramos por televisión las tareas de rescate.
Y es así el que una sociedad permanece en retroceso y en el tercermundismo: más aún que la impunidad, la injusticia, y la explotación, el peor de todos los lastres es la indiferencia humana. Esa combinación de factores será siempre el caldo de cultivo para la tragedia.