Por: Doctor Raúl Ramos
La historia está llena de ironías difíciles de ignorar.
En 1838–1839, durante la presidencia de la República de Texas, Mirabeau Lamar ordenó la expulsión de los cherokees del este de Texas. Aquella política culminó en su desplazamiento forzado después de años de conflicto y persecución.
Algunos de esos grupos cruzaron el Río Bravo y encontraron refugio en México. Fueron bien recibidos en la hacienda de Patiño, en San Fernando de Austria, hoy Zaragoza, Coahuila, donde pudieron rehacer parte de su vida después del exilio.
En ese lugar murió Sequoyah, el sabio indígena que había creado el silabario cherokee, una de las grandes hazañas culturales de los pueblos indígenas de América.
Casi dos siglos después aparece una curiosa paradoja histórica.
El funcionario encargado de la seguridad interior de los Estados Unidos —responsable también de las políticas de deportación de inmigrantes— es un ciudadano estadounidense de origen cherokee, proveniente de Oklahoma. Markwayne Mullin
Es difícil no notar la ironía:
un descendiente de un pueblo que conoció el exilio y la expulsión forma hoy parte de la estructura gubernamental encargada de expulsar a otros migrantes, muchos de ellos mexicanos.
La historia, como suele suceder, no se repite exactamente, pero a veces presenta paradojas que invitan a reflexionar.