Rubén Moreira Valdez
Lo asesinaron por su fe; la iconografía lo muestra crucificado y víctima de dos lanzas. Murió con otros 25 católicos y antes de su sacrificio lo torturaron. Llegó a los altares y se convirtió en el primer mártir mexicano. Su biografía, hace unas décadas, era de lo más popular.
Para 1572, año en el que nació Felipillo, a 800 kilómetros de la antigua Tenochtitlan no existía aún Saltillo, pero, Manila a 14 mil, tenía un año de haber sido fundada. Nada es gratis y, como ahora sucede, las potencias andaban en lo suyo, esto es: saqueando a los que se dejen. Los mercados necesitaban materias primas y pueblos que explotar. Nada de eso es raro en los tiempos que hoy vivimos.
Felipe de las Casas y Martín murió en Nagasaki un 5 de febrero de 1597; era fraile de la orden menor, nacido en la Ciudad de México, 25 años antes, en la calle de Tiburcio, muy cerca de la catedral. Pariente del famoso Bartolomé de las Casas, tenía —como muchos peninsulares que hicieron las Américas— ascendentes judíos.
Por su fecha de nacimiento y el día en que se embarcaron sus padres, Alonso de las Casas y Antonia Martín, se deduce que el santo fue concebido en el viaje de Sevilla a Veracruz. Al lector, este detalle le puede parecer extraño en un artículo, pero por alguna razón muchos autores lo mencionan. Eso sí, no se sabe si esto sucedió en un día de tormenta o en uno de aburrida calma chicha.
Para 1968, justo antes de las olimpiadas y un año antes de la llegada del hombre a la luna, llegó a mi casa el televisor; y con él las tardes de cine. Recuerdo Felipe de Jesús o el Divino Conquistador, cinta donde Ernesto Alonso interpreta al santo y aparecen: Maruja Grifel, Dolores Camarillo, Rita Macedo y Julio Villarreal. Al futuro señor de las telenovelas le fue bien con dicha adaptación; la protagonizó y se hizo popular a más no poder; lo mismo sucedió con la Macedo, mujer de enigmática belleza que tendría tres maridos, entre ellos Carlos Fuentes.
La Nueva España era el centro del mundo; el descubrimiento por Urdaneta del “tornaviaje” permitía regresar de Asia a las costas del Pacífico mexicano y en particular al puerto de Acapulco. Desde el virreinato salió la conquista hispana al Lejano Oriente. Los Habsburgo se hicieron de las Filipinas y varias islas en el vasto océano; España los conservaría hasta que los americanos se los agandallaron. En los días de ese atraco, los vecinos del norte tenían un presidente, nada raro, al que le encantaba corretear migrantes, abusar de los aranceles e invadir países.
Felipe tuvo dos hermanos religiosos, uno agustino que, por cierto, fue muerto en las Filipinas. Por aquellos días, no era difícil terminar como alfiletero o deglutido por algún “natural”. A decir de Teresa, se vivían “tiempos recios”. La vida del santo mexicano nos permite reconocer los alcances de la fe, pero también la construcción del orden internacional y cómo se les pasaba y pasa la manita a los déspotas.
¿Qué le molestó al regente japonés para que matara a nuestro paisano? Parece que lo que le calentó fue ver a sus adversarios tomar ventaja al comerciar con los extranjeros. Todo indica que no hay nada nuevo bajo el sol y que detrás de nacionalismos o supuestas reivindicaciones de todo tipo, lo que se esconde es el cochino dinero.