UNA DOCENTE QUE SEMBRÓ FE Y COSECHO GRATITUD
Con treinta y cinco años de intachable trayectoria en las aulas de Parras, la querida docente comparte cómo la disciplina, el amor y la poesía moldearon a generaciones enteras de ciudadanos
Por: Roberto Ulíbarri
LA PRENSA
En las aulas de Parras quedaron generaciones enteras marcadas por su manera de enseñar. Durante 35 años, la maestra María Antonieta Patchen Treviño dedicó su vida a formar niños no solamente en lo académico, sino también en el respeto, la responsabilidad, la limpieza, la solidaridad y la confianza en sí mismos.
En el marco del Día del Maestro, hablar con ella es escuchar a una mujer que recuerda cada etapa de su carrera con emoción genuina. Sus palabras no hablan de premios ni reconocimientos oficiales. Hablan de niños. De cuadernos limpios. De lágrimas de emoción. De alumnos que años después la abrazan en la calle y le dicen que fue la inspiración para convertirse en maestros.
SUS PRIMEROS PASOS EN LAS AULAS
Originaria de Parras, nacida en el mes de noviembre de 1954 y egresada de la Escuela Normal Oficial, “Dora Madero”, de esta ciudad, María Antonieta Patchen Treviño comenzó su carrera docente en 1975 impartiendo clases en la Escuela Primaria Benito Juárez, ubicada en el centro del municipio.
“Fue una de las mayores satisfacciones de mi vida”, dice al recordar su trabajo frente a grupo. “Siempre lo hice con mucho amor, porque me nacía, con mucho compromiso y paciencia. Entendía que cada niño necesitaba sentirse valorado y que era capaz de aprender”.
A lo largo de tres décadas y media, trabajó principalmente con alumnos de primer año, aunque también impartió clases en quinto y tercer grado. Formó parte de escuelas primarias Benito Juárez, Fundadores de Parras y Jesús P. Valdés.
Pero más allá de los nombres de las escuelas, lo que permanece vivo en ella son las historias.
“Ver cómo avanzaban, cómo ganaban confianza en sí mismos y cómo desarrollaban sus capacidades, era lo que más me motivaba día con día”, recuerda. “Pararme frente a grupo me hacía sentir plena. Ver sus caritas con alegría y con ganas de aprender era algo muy bonito”.
DISCIPLINA, LIMPIEZA Y RESPONSABILIDAD

Con una mezcla de ternura y firmeza, la maestra Antonieta reconoce que sí era estricta.
“Muchos me conocían por haber sido así”, comenta entre risas. “Pero siempre fue por el bien de ellos, nunca por enojo o molestia”.
Desde el inicio del ciclo escolar dejaba claras las reglas a los padres de familia. Les hablaba de limpieza, disciplina y responsabilidad.
“Me gustaba que trabajaran limpio, desde su presentación personal, su uniforme, sus cuadernos. Les enseñaba que el sacrificio que hacían sus papás para comprar un cuaderno debía valorarse”, explica.
Y no eran solamente exigencias académicas.
“Les enseñaba desde cómo tomar el lápiz, cómo manejar el cuaderno, cómo trazar las letras. Siempre procuré formar hábitos”.
Recuerda que en aquellos años muchos niños llegaban al primer año sin una base sólida de preescolar, por lo que el trabajo comenzaba prácticamente desde cero.
“Ahí era formar hábitos, enseñarles todo. Y siento que logré muchísimo con ellos”.
La satisfacción más grande llegaba cuando veía los resultados.
“Los papás me buscaban para que yo fuera la maestra de sus hijos”, cuenta con orgullo discreto.
EDUCAR DESDE EL CORAZÓN
Sin embargo, para ella lo más importante nunca fueron las calificaciones.
“Más allá de enseñar materias, siempre procuré formar personas con valores, respeto y seguridad en sí mismas, porque creo que la educación deja huellas para toda la vida”.
En sus recuerdos aparecen también los niños tímidos, tristes o con problemas familiares.
“Había veces que los veía llorar o tristes porque no habían cumplido con la tarea. Pero antes de llamarles la atención, primero hablaba con ellos. Me bajaba a su nivel, trataba de entender lo que sentían”, explica. Ese trato cercano marcó profundamente a muchos de sus alumnos.
“Les daba confianza, cariño, y ellos lo sentían. Veía cómo avanzaban aun cuando muchos tenían problemas en sus casas”.
ENSEÑAR TAMBIÉN A RESPETAR Y AYUDAR
La maestra Antonieta asegura que uno de los temas que más le preocupaban era el abuso entre compañeros, el hoy conocido como bullying escolar.
“Nunca soporté la prepotencia ni el abuso hacia los más débiles”, afirma. “Siempre les decía que nunca abusaran de otro niño y que ayudaran al que más lo necesitara”.
Todavía recuerda las conversaciones con sus alumnos.
“Les preguntaba: ‘¿Les gustaría que alguien se burlara de ustedes o los tratara mal?’ Y ellos mismos respondían que no. Entonces entendían que debían respetarse”.
Comenta que día, tras día les recordaba la regla de oro: “Lo que no quieran para sus familias no lo hagan a los demás”.
Gracias a ello, dice, logró formar grupos solidarios. “Cuando alguno no traía un lápiz, los demás lo ayudaban. Había mucho respeto entre ellos”.
EL CARIÑO DE SUS EX ALUMNOS, SU MAYOR RECOMPENSA
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista llega cuando habla de antiguos alumnos que hoy siguen buscándola.
Hace unos meses, cuenta, se encontró con una ex alumna llamada Arletth Macías Hernández.
“Me abrazó con muchísimo cariño y empezamos a llorar las dos”, recuerda emocionada. “Me dijo que yo había sido su motivación para estudiar la Normal”, señala la maestra.
No ha sido el único caso. “Ya me ha tocado que varias muchachas me digan que decidieron estudiar para maestras porque les gustaba mi forma de trabajar. Eso para mí tiene un valor incalculable”.
En breve entrevista con Arletth, comentó: “Ojalá la educación tuviera más Maestras como ella”.
“Es algo tan grande para mí”, expresa con la voz entrecortada. “Me hace sentir que todos mis años de trabajo dieron fruto”.
“SER MAESTRA ERA MUCHO MÁS QUE DAR CLASES”
La docente jubilada en 2015 asegura que la educación actual ha cambiado mucho.
“Ahora siento que falta más respeto y más entrega”, comenta. “No en todos los casos, claro, pero sí veo que muchas veces solamente se paran frente a grupo, dan su clase y ya. Para mí ser maestra era mucho más que eso”.
Y explica con claridad qué significaba para ella.
“No era nada más pararme frente al grupo y cumplir. Era empezar desde atrás, desde muy atrás, ayudarlos a crecer como personas”.
LA POESÍA QUE HIZO LLORAR A SUS ALUMNOS

Entre las experiencias más especiales y más entrañables de su carrera recuerda una actividad en la escuela Jesús P. Valdés, cuando era maestra de segundo año, enseñó a sus alumnos la poesía México, Creo en Ti, que fue escrito en 1940 por el poeta, periodista y publicista yucateco Ricardo López Méndez, apodado cariñosamente «El Vate».
La complejidad de este reto, es que el texto es largo ya que cuenta con 395 palabras y sin exagerar, uno de los poemas más potentes, emotivos y representativos del nacionalismo mexicano del siglo XX.
“Primero se las expliqué párrafo por párrafo, les hablé del significado y del mensaje y ellos me lo entendieron tan bien, que se la aprendieron muy bien, que participaron algunos niños solos que decían un párrafo y sus compañeros decían el resto de la poesía”, platica emocionada la maestra
“Cuando la dijeron en el saludo a la bandera, algunos niños hasta tenían lágrimas en los ojos. Fue una experiencia hermosísima”.
PINTURA, FLORES Y RECUERDOS DESPUÉS DEL AULA
Hoy, ya retirada de las aulas, la maestra María Antonieta lleva una vida tranquila dedicada a la pintura al óleo, la jardinería y su familia.
“Ahora pinto paisajes, flores y rostros. Hice incluso una exposición de niñas indígenas”, comparte con entusiasmo.
Aun así, sigue hablando de sus alumnos con el mismo cariño de hace décadas.
UN MENSAJE PARA QUIENES FUERON SUS ALUMNOS
Antes de despedirse, deja un mensaje para todas aquellas generaciones que pasaron por sus salones.
“Los quiero mucho. Los llevo en mi corazón y que les estoy tan agradecida por haberme dado la oportunidad de haberles dado un poquito de mí. La verdad es que sentía en aquel tiempo y lo sigo siendo que yo me entregaba a mi grupo. Les aplaudo lo que han hecho con sus vidas. Sé que muchos formaron familias y salieron adelante. Eso me hace sentir muy feliz”.
UNA MAESTRA QUE DEJÓ HUELLA
En tiempos donde la educación enfrenta nuevos retos y donde valores como la paciencia, el respeto y el compromiso parecen cada vez más escasos, la historia de María Antonieta Patchen Treviño recuerda el enorme impacto que puede tener un maestro cuando enseña desde el corazón.

Porque hay docentes que imparten clases.
Y hay otros que dejan huella para toda la vida.
«El Credo» (México, creo en ti). Ricardo López Méndez.
I
México, creo en ti
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.
II
México, creo en ti,
sin que te represente en una forma
porque te llevo dentro, sin que sepa
lo que tú eres en mí; pero presiento
que mucho te pareces a mi alma,
que sé que existe, pero no la veo.
III
México, creo en ti,
en el vuelo sutil de tus canciones
que nacen porque sí, en la plegaria
que yo aprendí para llamarte Patria:
algo que es mío en mí como tu sombra,
que se tiende con vida sobre el mapa.
IV
México, creo en ti,
en forma tal que tienes de mi amada
la promesa y el beso que son míos,
sin que sepa por qué se me entregaron:
no sé si por ser bueno o por ser malo,
o porque del perdón nazca el milagro.
V
México, creo en ti
sin preocuparme el oro de tu entraña:
es bastante la vida de tu barro
que refresca lo claro de las aguas,
en el jarro que llora por los poros
la opresión de la carne de tu raza.
VI
México, creo en ti,
porque creyendo te me vuelves ansia
y castidad y celo y esperanza.
Si yo conozco el cielo, es por tu cielo,
si conozco el dolor, es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas.
VII
México, creo en ti,
en tus cosechas de milagrerías
que sólo son deseo en las palabras.
Te consagras de auroras que te cantan
¡y todo el bosque se te vuelve carne!,
¡y todo el hombre se te vuelve selva!
VIII
México, creo en ti,
porque nací de ti, como la flama
es compendio del fuego y de la brasa;
porque me puse a meditar que existes
en el sueño y materia que me forman
y en el delirio de escalar montañas.
IX
México, creo en ti,
porque escribes tu nombre con la equis,
que algo tiene de cruz y de calvario;
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los volados
con la vida y, a veces, con la muerte.
X
México, creo en ti,
como creo en los clavos que te sangran,
en las espinas que hay en tu corona,
y en el mar que te aprieta la cintura
para que tomes en la forma humana
hechura de sirena en las espumas.
XI
México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!
XII
México, creo en ti,
porque eres el alto de mi marcha
y el punto de partida de mi impulso.
¡Mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
como la voz que salva y como el ancla…!
Ciudad de México, 1940.
Ricardo López Méndez (El Vate querido)
