Rubén Moreira Valdez
Días antes, en los pasillos y cabinas, se mencionaba su salida y se dejaba claro que el motivo era la presión del gobierno. La falsa izquierda en el poder se parece mucho a la derecha extrema de otras latitudes. El tabasqueño no acepta la crítica y menos las diferencias de opinión. Es un monólogo de argumentos que se repiten sin cesar, donde un ignorante propone y dispone. Junto a él, una bola de incapaces le adula y repite, cual mantra, las loas a su investidura.
Son los días en los cuales, desde el poder, se promueven nuevas normas para el desarrollo de los noticieros y, con ello, evitar que se difunda el cúmulo de malas noticias que molestan al gobierno. Morena se encuentra en una crisis permanente de escándalos: desde políticos locales en pleitos encarnizados, por ejemplo, en Baja California, hasta la ineficiencia de Pemex. El movimiento no resultó lo que se presumía y terminó siendo una caricatura, con personajes como Layda Sansores y Julio Menchaca, este último con pretensiones imperiales y un evidente derroche de recursos en obras frívolas y suntuarias.
La censura se recrudece en las entidades gobernadas por morenistas. A la gobernadora de Campeche, por estos días de vacaciones en Madrid, no le parecieron las opiniones de varios periodistas y procedió a meterlos a la cárcel e intentar quitarles sus propiedades. El de Oaxaca, iracundo, ordenó hacer listas negras de periodistas, mientras el poblano impulsó una legislación penal para reprimir a los comunicadores y, en las conferencias de prensa, no tiene reparo en insultarlos y amenazarlos. En eso de elaborar “listas”, la gobernadora de Veracruz propuso un censo de periodistas. Eso de censo sonó a censura.
En el sexenio que corre han sido asesinados 14 periodistas y, durante el régimen de Morena, se ha despedido a más de 52 de los medios de comunicación. La última salida que ha causado comentarios sucedió la semana anterior. En los pasillos de radiodifusoras y televisoras y en las mesas de café abundan las historias de amenazas y presiones. He sido testigo de reclamos y berrinches de morenistas ante funcionarios de medios de comunicación por notas y opiniones que no son de su agrado.
Por otro lado, los canales del Estado son utilizados, en términos de Louis Althusser, como piezas de un aparato ideológico del Estado. Su parrilla de contenidos es infumable y está llena de “matraqueadores” y quedabienes. El prestigio del Canal Once se fue por la borda, y qué decir del 22 y el 14. Hoy, bajo la conducción de figuras menores del obradorismo y al servicio de los intereses muy particulares del grupo en el poder.
Morena no es un partido o movimiento de izquierda; fue construido para servir de “carrito” a López Obrador para llegar al poder. Es el monumento a un ego. En el camino se sumaron desde personajes de extrema derecha hasta promotores de la cultura woke. Todos bajo el paraguas de lo que resultó una farsa: la renovación moral.
De alguno de tantos grupos que integran esa ensalada salió la idea de un manual con tintes estalinistas, con el cual se pretende callar a los medios y dañar a las audiencias. El rechazo es contundente: empresarios, comunicadores, opositores, especialistas y hasta la Iglesia se han pronunciado en su contra.
Publicado por Ricardo Salazar




