Mientras discutimos sobre aranceles, inteligencia artificial o el Mundial, una transformación profunda avanza silenciosamente por todo el país. No ocupa los encabezados ni domina las conversaciones públicas, pero cambiará la economía, la política y la vida cotidiana de millones de personas. México está envejeciendo.
Durante buena parte de nuestra historia nos concebimos como una nación joven. Las familias numerosas eran la norma. En la década de 1970, las mujeres mexicanas tenían en promedio más de seis hijos. Hoy la cifra ronda apenas 1.6. Al mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado de manera notable. La combinación de ambos fenómenos está modificando la estructura de nuestra población.
Las proyecciones indican que dentro de pocos años habrá más adultos mayores que niños pequeños. La tradicional pirámide poblacional, ancha en su base y estrecha en la cima, comenzará a parecerse cada vez más a una columna para luego invertirse. Es un cambio histórico que definirá buena parte del México del siglo XXI.
La noticia no es necesariamente mala. Al contrario. Que una sociedad viva más tiempo es una de las grandes victorias del desarrollo humano. Significa que existen mejores servicios de salud, menor mortalidad infantil, mejores condiciones sanitarias y mayores oportunidades de vida.
El reto consiste en adaptarnos a esa nueva realidad.
Durante décadas construimos instituciones pensando en una población predominantemente joven. Ahora tendremos que repensar sistemas de salud, esquemas de pensiones, infraestructura de las ciudades, configuración de espacios públicos y mercados laborales para una sociedad distinta.
Sin embargo, esta transformación ocurre en un momento particularmente interesante de la historia. Por primera vez, el envejecimiento de la población coincide con una revolución tecnológica capaz de multiplicar la productividad humana.
La automatización, la robótica y la inteligencia artificial podrían compensar parte de la reducción de la fuerza laboral derivada de una menor natalidad. Muchas tareas repetitivas o físicamente demandantes podrán ser realizadas por máquinas, permitiendo que las personas permanezcan activas durante más tiempo en actividades que aprovechen mejor su experiencia, conocimiento y criterio.
Quizá el futuro no consista en trabajar más años bajo las mismas condiciones actuales. Tal vez consista en trabajar de manera distinta: jornadas más flexibles, menos desgaste físico y una participación laboral adaptada a cada etapa de la vida. La tecnología podría convertirse en una aliada para prolongar la autonomía y la calidad de vida de millones de adultos mayores.
La demografía tiene una característica peculiar: es uno de los pocos fenómenos que podemos anticipar con décadas de ventaja. Sabemos que este cambio viene. Sabemos aproximadamente cuándo ocurrirá. Sabemos cuáles serán muchos de sus efectos.
Por eso, más que preocuparnos, deberíamos prepararnos.
México no enfrenta una crisis demográfica. Enfrenta una transición demográfica. Y como toda gran transición, traerá desafíos, pero también oportunidades. Si actuamos con visión, el envejecimiento de nuestra población no será el problema del siglo XXI. Podría convertirse en una de sus mayores oportunidades.