Imagina que México es una familia. Una familia que trabaja, que paga sus cuentas y, como muchas, en ocasiones solicita un préstamo para salir de un apuro. Esa deuda —la de México— hoy es de más de 15 billones de pesos, lo que es alrededor del 50.4% del PIB. Es decir que más de la mitad de todo el valor de la producción que se realiza en nuestro país es un año se debe. No es una cifra que asuste, pero sí una que se siente: como ese crédito que se puede manejar, siempre y cuando no haya imprevistos.
En esta familia, el padre y la madre miran la ciudad desde su casa. Ven cómo todo parece estable, pero saben que con el dinero que ganan alcanzan cada vez menos. El hijo pregunta por qué el gobierno “debe tanto”, y ellos tratan de explicarle que no es malo deber, sino no crecer. Porque el país, igual que ellos, trabaja mucho pero gana poco: el crecimiento económico apenas fue de 0.1% en el primer trimestre de 2026.
Mientras tanto, los gastos fijos aumentan, en la casa sube la luz, el agua, la renta. Para el gobierno federal los programas sociales, también aumentan y es que no está mal dar apoyos —apoyos a adultos mayores, becas, ayudas familiares— suman más de 1.3 billones de pesos al año, lo que está mal es no generar las condiciones para el crecimiento económico. De hecho estos apoyos son necesarios, pero permanentes: cada año hay que pagarlos, y cada año más, sin importar si el país produce más o menos. Y aunque el gobierno presume disciplina fiscal, esa disciplina se sostiene sobre una economía que apenas y logra respirar.
La deuda mexicana no es un monstruo, pero sí una sombra que nos acompaña en cada decisión. El país ha sido responsable: paga a tiempo, mantiene una reputación internacional y conserva su grado de inversión. Pero esa estabilidad depende de que la economía siga funcionando, de que la recaudación no caiga, sino que aumente y de que el gasto no se dispare. Es un equilibrio frágil, como el de una familia que vive al día, pero sin perder la esperanza.
El problema no está en deber, sino en no crecer. Cuando el ingreso se estanca, cualquier deuda pesa más. Y México lleva años creciendo poco, con una economía que depende del consumo interno y de factores externos como las exportaciones y la inversión extranjera. Si esos motores se apagan, el país tendrá que endeudarse más para sostener lo que ya prometió.
La historia de la deuda es, en el fondo, una historia de esfuerzo. De un país que ha sabido mantener la calma en medio de la tormenta, pero que necesita más que disciplina para avanzar. Porque la deuda no se mide solo en pesos o porcentajes, sino en oportunidades que se postergan, en proyectos que se frenan, en familias que esperan un futuro más ligero.
México no está en crisis, pero tampoco puede relajarse. La deuda es el recordatorio de que la estabilidad no basta: hay que crecer, producir más y depender menos de lo que se pide prestado.
Porque al final, la historia de la deuda no se cuenta en números, sino en vidas que merecen caminar, en el desarrollo sin ese peso a cuestas. Para así no llegar al ritmo de la canción “Casas de cartón” cuando dice: “Hoy es lo mismo de ayer
Es un mundo sin mañana”.
Publicado por R Z




