Septiembre es el mes de la patria. Las plazas se llenan de banderas, las escuelas recuerdan a los héroes que nos dieron patria y las familias reviven una de las gestas más trascendentales de nuestra historia. Conmemoramos el inicio de la lucha por la Independencia, honramos el sacrificio de los Niños Héroes y recordamos la consumación que dio origen a una nación libre y soberana.
Septiembre nos invita a hablar de libertad, de dignidad y de la capacidad de un pueblo para decidir su propio destino. Pero en septiembre también celebramos otra independencia. Una que no se conquistó en los campos de batalla, sino que se construye todos los días derribando barreras, venciendo prejuicios y ampliando derechos para millones de personas con discapacidad.
Septiembre es considerado el mes las personas con discapacidad ya que reúne diversas conmemoraciones que buscan visibilizar sus derechos: el 12 de septiembre, Día Nacional de las Mujeres con Discapacidad; el 23 de septiembre, Día Internacional de las Lenguas de Señas; y, hacia el final del mes, el Día Mundial de la Comunidad Sorda.
Así como septiembre celebra la independencia de una nación, también nos invita a preguntarnos qué tan independientes pueden ser millones de personas cuando todavía encuentran obstáculos para estudiar, trabajar, trasladarse, acceder a la información, comunicarse o participar plenamente en la vida pública.
La independencia no es solo un acontecimiento histórico. También es la posibilidad concreta de vivir con autonomía, ejercer los propios derechos y desarrollar un proyecto de vida en igualdad de condiciones. En México, alrededor de 8.9 millones de personas, poco más del 7 por ciento de la población, viven con alguna discapacidad.
Durante mucho tiempo se pensó que la discapacidad era exclusivamente un asunto individual. Hoy sabemos que, con demasiada frecuencia, la verdadera discapacidad está en el entorno, pero sobre todo en los prejuicios que siguen cerrando puertas antes de conocer las capacidades de una persona. Por eso, hablar de inclusión no es hablar de favores ni de concesiones. Es hablar de justicia, de derechos humanos y de igualdad de oportunidades.
Es reconocer que una sociedad solo puede llamarse verdaderamente libre cuando todas las personas tienen la posibilidad de participar plenamente en ella. En Coahuila hemos entendido que la inclusión se construye con acciones concretas. Cada documento disponible en sistema braille representa autonomía. Cada curso de Lengua de Señas Mexicana derriba una barrera de comunicación. Cada oportunidad de empleo, cada ajuste razonable, cada niña y cada niño que accede a una educación inclusiva demuestra que el talento florece cuando existen las condiciones para desarrollarlo.
Hace más de dos siglos, los héroes de nuestra Independencia soñaron con un país libre. Esa tarea no concluyó entonces. Cada generación tiene el deber de ampliar el alcance de la libertad y hacer efectivos los derechos de quienes, durante mucho tiempo, permanecieron al margen. La nuestra puede ser la generación que haga de la inclusión una realidad cotidiana; la que sustituya las barreras por oportunidades, los prejuicios por empatía y la indiferencia por compromiso.
La verdadera independencia no se mide únicamente por la libertad de una nación, sino por la libertad de cada una de las personas que la integran. El día en que todas puedan estudiar, trabajar, desplazarse, comunicarse, decidir y participar sin obstáculos, habremos conquistado una independencia más profunda y más humana: la independencia que nace de una sociedad que no excluye a nadie y que entiende que la dignidad no admite barreras.
Publicado por Iris Camila Beltran




