Rubén Moreira Valdez
San Clemente Romano fue el tercer sucesor de Pedro, y se le reconoce como el primero de los Padres de la Iglesia. La tradición afirma que conoció al apóstol. La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine les dedica un amplio capítulo a él y a su familia. No hay que confundirlo con Clemente de Alejandría.
Su Carta a los Corintios, escrita hacia el año 96, se considera el documento cristiano más antiguo fuera del Nuevo Testamento en el que consta el nombre de su autor. En ella pide la paz y unidad a la comunidad de Corinto, la cual vivía divisiones internas, y afirma la autoridad de los presbíteros, que habían sido destituidos en el contexto de la bronca que traían. Entre las primeras comunidades cristianas, no era difícil que la intensidad de la fe se convirtiera en disputas que podían llegar a mayores.
Esta epístola ha sido citada como la primera obra que establece la primacía de Roma, porque fue escrita para resolver un problema en la Iglesia. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos se oponen a esa consideración y afirman que de ella no se puede derivar la supremacía del obispo de Roma. Hay quienes le atribuyen una Segunda Epístola, pero la mayoría de los estudiosos sitúan este texto en el siglo II.
Se sabe poco sobre la vida de Clemente, y algunos plantean que, antes de convertirse al cristianismo, era un ciudadano que nació y vivió en Roma. Tertuliano señala que fue ordenado sacerdote por el mismo Pedro. Era influyente el vato. A mí, en lo personal, me encanta el texto de Santiago de la Vorágine, donde se dibujan las dificultades de la época, y también uno que otro chisme sobre su familia y amigotes.
Hay una discusión sobre la posición de Clemente en torno a la justificación. El debate existe porque en la epístola se lee: “No somos justificados por nosotros mismos, sino por la fe”, pero teólogos católicos y luteranos sostienen que, para él, las obras de las personas forman parte de la justificación, y que el creyente necesita cooperar con la gracia de Dios para ser salvado. Algo así como “a Dios rogando y con el mazo dando”.
La fecha de la muerte de Clemente también es objeto de controversia, pero se puede situar cerca del año 100. El Liber Pontificalis, una historia sobre el papado escrita en el siglo VI, sostiene que Clemente murió en Grecia en el tercer año del reinado de Trajano; sin embargo, la leyenda dice otra cosa.
Los textos más antiguos no mencionan su martirio, pero en relatos apócrifos que se remontan al siglo IV se narra que Clemente fue desterrado de Roma a Quersoneso Táurico. En ese lugar, fue condenado a trabajar en una cantera junto con otros cristianos, y sufrió martirio al ser lanzado al mar, atado del cuello con una cadenita; el problema es que el otro extremo se encontraba amarrado a un ancla. En la iconografía se le reconoce por una de ellas en su santo pescuezo.
Su fama de santo recorrió la cristiandad y, desde el exilio, llegaron a todos los confines del Imperio sus hazañas. Se cuenta que entre sus compañeros de trabajos forzados se extendía la sed al escasear el agua y que, para remediar tal situación, golpeó una piedra y de ella brotó un abundante manantial.
También se dice que, al ser ahogado, su cuerpo se perdió y la comunidad le pidió a Dios su rescate. Las aguas del mar se retiraron y se descubrió la tumba que, bajo ellas, había construido un grupo de ángeles que pusieron una empresa funeraria. Eusebio y Jerónimo no mencionan nada sobre el martirio, y de sus huesitos hay un buen número de lugares que se asumen como depositarios temporales o permanentes de ellos.
A Clemente lo reconocen como santo en las iglesias católica, anglicana y luterana; ortodoxas sirias, griega, de Malankara y macedonia, e incluso en la católica siria, siro-malankara y todas las del rito oriental. Es bastante taquillero el amigo.
Con hombres y mujeres esforzados se extendió la fe en el Galileo y la posibilidad del Reino en la tierra. Ser cristiano era de valientes.
Publicado por Iris Camila Beltran




