Niños, jóvenes y adultos acudieron al Panteón de Dolores para recordar al Abuelo Alfredo, a Don Hilario y Yus, cuyos recuerdos siguen presentes en sus memorias

Por: Irma de la Garza

LA PRENSA

FRONTERA, COAHUILA. – Entre flores de colores, lápidas cubiertas de recuerdos y pequeñas manos que comenzaban a comprender el significado de una tradición, la familia Castillo llegó este 2 de noviembre al Panteón Occidental para reencontrarse, de una manera distinta, con quienes un día tuvieron que partir.

Los niños ayudaban a colocar las flores y a arreglar las tumbas mientras los adultos pronunciaban nuevamente aquellos nombres que el paso de los años no ha conseguido borrar: el abuelo Alfredo Castillo, el tío Hilario Castillo y su prima Yus.

Han transcurrido más de diez años desde algunas de esas despedidas, pero para Karen y su familia el amor no conoce calendarios ni entiende de ausencias. Cada flor depositada sobre una tumba representa un “no te olvidamos” y cada visita confirma que la muerte puede separar físicamente a una familia, pero jamás borrar lo que fue sembrado en el corazón.

Al hablar de su abuelo, Karen no necesita buscar demasiado entre sus recuerdos, porque sigue presente en las historias de toda la familia. Lo recuerda como un hombre alegre, cercano y preocupado siempre por mantener unidos a los suyos.

Unas nietas lo acompañaban a cobrar su pensión, otras iban con él al mandado y algunas simplemente compartieron esos momentos cotidianos que entonces parecían pequeños, pero que con los años terminaron convirtiéndose en los recuerdos más valiosos. No hicieron falta grandes acontecimientos para dejar huella; bastaron su compañía, sus enseñanzas y esa manera de hacer sentir importante a cada integrante de la familia. Hoy, frente a su tumba, aquellas vivencias vuelven a cobrar vida y se convierten en el legado de un hombre cuya mayor herencia no fue material, sino el amor y la unión que dejó entre sus hijos, nietos y bisnietos.

Pero quizá la imagen más conmovedora de esta visita estaba en los niños.

Mientras acomodaban flores junto a sus mayores, comenzaban a recibir una enseñanza que difícilmente puede encontrarse en los libros: saber de dónde vienen, conocer a quienes estuvieron antes que ellos y aprender que los muertos merecen respeto, memoria y gratitud. Karen acudió acompañada de su tía María, hija de don Alfredo; su prima Joana, los pequeños Cristian y otros integrantes de la familia.

Así, alrededor de aquellas tumbas coincidieron distintas generaciones, unas cargadas de recuerdos y otras comenzando apenas a conocerlos a través de las historias familiares. Porque llegará un día en que estos niños serán adultos y quizá sean ellos quienes lleven de la mano a sus propios hijos para contarles quién fue el abuelo Alfredo y por qué cada 2 de noviembre la familia vuelve al mismo lugar.

Publicado por Rocío Ledezma