Dr. Raúl Ramos López FACS FASCS (Ret)

Hace años escuché a un rector mexicano resumir, ante un grupo de académicos de su propia casa de estudios, el espíritu de nuestro sistema universitario con una parodia involuntaria del Evangelio: “doctorémonos los unos a los otros”. Todos rieron. Nadie corrigió.

En medicina llamamos endogamia a la reproducción entre individuos emparentados. Todo genetista sabe lo que produce: se acumulan los defectos hereditarios y se pierde el vigor. Los estudiosos de la educación superior usan la misma palabra —endogamia académica o Inbreeeding en ingles — cuando una universidad contrata como profesores a sus propios egresados, generación tras generación, hasta volverse un circuito cerrado. El término lo acuñaron los estadounidenses hace más de un siglo: Handschin lo publicó en la revista Science en 1910, alarmado porque el 64 por ciento del profesorado de Harvard salía de sus propias aulas. Estados Unidos se diagnosticó y se trató: hoy su endogamia universitaria suele estar por debajo del 10 por ciento, y sus mejores programas doctorales tienen por regla no dar a sus recién doctorados su primera plaza.

El resto del mundo exhibe el cuadro clínico completo. En España la endogamia alcanza hasta el 95 por ciento del profesorado (Navarro y Rivero, Nature, 2001). Soler, también en Nature (2001), comparó 51 departamentos europeos de ecología y zoología: 91 por ciento en España y 88 en Portugal, contra 5.2 en Reino Unido y apenas 1 por ciento en Alemania, donde la ley prohíbe, en general, el autonombramiento. La correlación con la productividad científica es la esperada: en las escuelas de derecho estadounidenses, los profesores “de casa” son citados entre 7 y 13 por ciento menos que los externos (Eisenberg y Wells, 2000).

¿Y México? El estudio de referencia lo firman Horta, Veloso y la investigadora mexicana Rocío Grediaga (Management Science, 2010), con datos nacionales: nuestros académicos endogámicos publican en promedio 15 por ciento menos artículos arbitrados y son alrededor de 40 por ciento menos propensos a intercambiar información relevante con colegas de fuera. Es el efecto que los autores llamaron navel gazing: contemplarse el ombligo. La encuesta nacional sobre la profesión académica añade el dato de fondo: cerca del 76 por ciento de los profesores mexicanos sigue laborando en la misma institución donde fue contratado por primera vez (Padilla, 2007). Y un estudio de caso en la FES Aragón de la UNAM (Cruz Camargo y Cruz García, 2009) encontró que dos de cada tres profesores de sociología eran egresados de la propia Facultad; sumando a los formados en el resto de la UNAM, tres de cada cuatro. Los autores escogieron como emblema al Uróboro: la serpiente que se devora a sí misma.

La endogamia no es solo costumbre de pasillo; está escrita en nuestras leyes. Una vez pregunté a un alto funcionario de una universidad del norte del país un caso hipotético: si Mario Molina, el único Premio Nobel de ciencias que ha dado México, hubiera querido dejar su cátedra en Boston para dirigir esa institución, ¿habría podido ser rector? La respuesta fue un no rotundo: le faltaban los «méritos» —diez años de docencia en esa casa— y no era egresado de ella. No era una ocurrencia aislada de aquel funcionario: la misma lógica está codificada, casi al pie de la letra, en las leyes de otras universidades del país —empezando por la más grande de todas. El Estatuto General de la UNAM exige al menos diez años de servicio docente o de investigación dentro de la propia Universidad para ocupar la Rectoría; la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Coahuila pide, además de ser mexicano por nacimiento, ser coahuilense; y la Universidad Agraria Antonio Narro exige un mínimo de cinco años de antigüedad, con los últimos tres de forma ininterrumpida. Quien salió a formarse al extranjero —el retornado del que escribí hace unas semanas— queda excluido del liderazgo precisamente por haber salido. Contrastemos: en Estados Unidos, Julio Frenk —médico egresado de la UNAM— fue nombrado presidente de la Universidad de Miami en 2015 y canciller de UCLA en 2025, sin tener los «méritos» que exigen nuestras instituciones: ni antigüedad de una década en esa casa, ni ser su egresado. El Nobel no cuenta; el acta de nacimiento y la antigüedad en casa, sí. Molina, con todo y su Nobel, se habría ido a la cola.

Seamos justos con el diagnóstico diferencial. La endogamia no es veneno puro: retiene talento donde no hay mercado académico nacional, y en Brasil —donde cerca del 80 por ciento de los investigadores no son endogámicos— los estudios recientes no encuentran el daño (Borenstein y colaboradores, 2022). La endogamia enferma sobre todo a los sistemas cerrados, centralistas y sin movilidad. Es decir: al nuestro. No es casualidad que América Latina ya haya intentado la cirugía una vez. La Reforma de Córdoba de 1918 nació contra las cátedras heredadas entre las mismas familias, y su remedio fueron los concursos de oposición abiertos. Cien años después, seguimos supurando la misma herida.

El tratamiento se conoce. En genética se llama vigor híbrido: la cruza con sangre nueva fortalece a la descendencia. En términos universitarios: concursos verdaderamente abiertos y transparentes, movilidad obligada del doctorado a la primera plaza, y pistas de aterrizaje para el talento formado fuera —empezando por reformar los estatutos que hoy le cierran la puerta hasta a un Nobel—. Ninguna universidad mexicana figurará entre las mejores del mundo mientras su lema operativo siga siendo “doctorémonos los unos a los otros”.

Porque la información, dada con compasión, salva vidas.

Publicado por Iris Camila Beltran