Rubén Moreira Valdez
López Obrador mostró su cara autoritaria al destruir los contrapesos del sistema presidencial y consolidar uno que otorga hiperfacultades constitucionales y metaconstitucionales al Ejecutivo. Tal situación ahoga al país y lo coloca en graves riesgos de viabilidad política y económica. Es indudable que su estilo personal de gobernar no incluía reflexiones colectivas, acatar las decisiones del Poder Judicial o de los órganos autónomos, respetar al Legislativo ni fomentar el federalismo.
El tabasqueño fue incapaz de dialogar con los gobernadores de oposición e hizo todo lo necesario para reducir la capacidad de operación de las entidades. Mientras otros mandatarios del pasado se esmeraban en tener un diálogo con los mandatarios locales, él se mostró molesto cuando un grupo de ellos conformó una agrupación para defender las posiciones de sus entidades. Incluso, en la práctica, desmanteló la Conferencia Nacional de Gobernadores y era poco afecto para participar en los espacios que por ley sirven para la discusión de los temas de la Unión
El presidente Obrador hizo mal uso de la confianza que le otorgaron los mexicanos y, en lugar de utilizar su bono democrático para crear instituciones y alentar un desarrollo firme y equilibrado, se dedicó a fortalecer el poder de la Presidencia y, con él, a cumplir caprichos y desatinos. Su principal arma fue la perversa descalificación y el engaño. Polarizó a la sociedad y, de manera cobarde, mandó al bando de los enemigos a todo tipo de rivales e instituciones que no le eran cómodas. Maestro en la reducción, en su narrativa simplificaba situaciones complejas y proponía lo que asumía que eran obviedades. La consecuencia es que muchas de sus brillantes ideas eran simplicidades que terminaron en fracasos, como el tren interoceánico.
López cayó en la tentación de apropiarse de las instituciones. No dudo de que en el pasado esa tentación pasara por la mente de muchos, al igual que la de polarizar a la sociedad y así aprovechar el odio de unos para someter a otros. Convertir al otro en enemigo permite al impulsor de esa medida justificar cualquier acción. Por cierto, en esa ruta siempre hay aliados; los tuvo Hitler y otros psicópatas. Me refiero a los grandes oligarcas.
El diseño de una nueva presidencia imperial con tintes bananeros pasó por la beatificación del líder, al cual se le concedieron atributos increíbles, y por la construcción de una masa de fanáticos capaz de aceptar como bueno cualquier disparate. A esto se suma la narrativa paternalista y patrimonialista con la que el gobierno presenta su política social. De manera deliberada, se ha querido instalar entre la población la idea de que las transferencias económicas —que hoy alcanzan a 40 millones de mexicanos— son producto de la generosidad de López Obrador y, ahora, de la actual mandataria. Al mismo tiempo, se alimenta el temor de que un eventual triunfo de la oposición significaría su desaparición. La mentira se trata de mantener instalada en los electores con base en millones de estrategias mediáticas y digitales.
Obrador destruyó los órganos autónomos y el Poder Judicial, desmanteló las corporaciones civiles de seguridad, militarizó el país, corrompió a las fuerzas armadas, menguó la calidad del servicio público y se apoderó, con malas artes, de las mayorías en las cámaras.
Pero hay un dios que todo lo ve; en este caso, es el de la economía. Es evidente que las cosas no marchan bien, aun cuando los propagandistas del régimen digan otra cosa. En buena medida, esto se debe a dos razones: 1.- a las finanzas públicas se les acabó el espacio para aceptar tanto disparate; y 2.- No hay inversionista serio que le apueste al país.
Publicado por Iris Camila Beltran




