Tráfico
Estos adolescentes son parte de una red cada vez más amplia que están ayudando a armar a algunos de los cárteles más poderosos y violentos de México
Por Paulina Villegas
La Prensa
No tienen edad suficiente para comprar una cerveza y apenas cuentan con la necesaria para conducir, pero cuatro adolescentes y jóvenes de Phoenix, Arizona, ya están involucrados en una red clandestina dedicada a conseguir y vender armas que, de acuerdo con sus propios testimonios, terminan principalmente en manos de organizaciones criminales mexicanas.
Los fines de semana, estos jóvenes se trasladan al desierto ubicado en las afueras de Phoenix, donde practican con rifles de alto calibre y posan para fotografías. Entre semana, mantienen una vida que, a simple vista, podría parecer ordinaria: asisten o asistieron a la escuela, utilizan redes sociales y conviven con otros jóvenes. Sin embargo, detrás de esa rutina existe una actividad que las autoridades estadounidenses identifican como parte de un problema creciente en la frontera.
De acuerdo con autoridades estadounidenses y expertos que han seguido las redes de tráfico de armas, cada vez más adolescentes y adultos jóvenes están siendo utilizados para conseguir armamento destinado a grupos criminales mexicanos.
Cuatro traficantes de entre 16 y 19 años, todos estudiantes o exalumnos de secundaria en el oeste de Phoenix, fueron entrevistados en repetidas ocasiones. Sus identidades fueron corroboradas mediante documentos oficiales, pero sus nombres fueron reservados debido a la naturaleza ilegal de sus actividades.
Los jóvenes describieron una red en la que las armas son adquiridas mediante distintos canales y posteriormente ofrecidas a compradores relacionados con organizaciones criminales. En algunos casos, señalaron, las armas son obtenidas de manera ilegal; en otros, son adquiridas por personas que tienen la edad suficiente para comprarlas legalmente y después son revendidas.
Uno de ellos, conocido como El Flaco, de 18 años, aseguró que encontró en este negocio una forma rápida de obtener dinero. Para los jóvenes involucrados, el atractivo no se limita a las ganancias: también están presentes el estatus, la pertenencia a un grupo y la posibilidad de acceder a un estilo de vida que consideran fuera de su alcance por medios convencionales.
Las autoridades reconocen que los adolescentes representan una parte importante de las personas involucradas en investigaciones por tráfico de armas. Datos federales señalan que, entre más de 11 mil traficantes cuya edad fue identificada en investigaciones de la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) realizadas entre 2017 y 2021, aproximadamente una tercera parte tenía menos de 25 años y cerca de 5 por ciento era menor de 17.
Aunque esas cifras corresponden a investigaciones realizadas en todo Estados Unidos y no establecen cuántos casos estuvieron relacionados con el suministro de armas a México, exagentes consultados sostienen que los adolescentes aparecen con frecuencia en las redes investigadas.
AJ Gibes, agente especial a cargo de la división de campo de la ATF en Phoenix, explicó que las organizaciones criminales pueden aprovechar la vulnerabilidad de los jóvenes, atraídos por la posibilidad de obtener dinero rápidamente. La expansión de las aplicaciones de mensajería también ha facilitado el contacto entre compradores y vendedores.
La cercanía de Arizona con México representa otro factor. Las autoridades estadounidenses han señalado que los grupos criminales recurren a intermediarios y compradores establecidos en Estados Unidos para mantener distancia entre sus integrantes y las armas que posteriormente llegan a México.
El problema adquiere una dimensión mayor al observar el volumen de armas que, según estimaciones de autoridades mexicanas citadas en el reportaje, son introducidas ilegalmente desde Estados Unidos. Se calcula que hasta 500 mil armas de fuego son traficadas hacia México cada año, muchas de las cuales terminan relacionadas con organizaciones criminales y con la violencia que afecta a distintas comunidades del país.
En Phoenix, los jóvenes entrevistados aseguraron que las redes pueden involucrar a estudiantes de numerosas escuelas. JM, uno de los adolescentes, afirmó que coordinaba a jóvenes de al menos 20 planteles y sostuvo que gran parte de las armas que conseguían terminaba en México.
El inicio de su actividad, relató, ocurrió cuando él y dos amigos reunieron dinero para adquirir un arma y posteriormente venderla. Con el tiempo, el grupo comenzó a realizar operaciones más frecuentes y a establecer contactos con compradores relacionados con organizaciones criminales.
Los adolescentes también describieron cómo el tráfico se apoya en redes sociales y aplicaciones de mensajería. WhatsApp, Telegram y otras plataformas se han convertido en espacios utilizados para establecer contacto entre compradores y vendedores, pese a que las empresas prohíben la compraventa de armas en sus servicios.
Meta, propietaria de Facebook y WhatsApp, ha señalado que no permite este tipo de actividades y que bloquea cuentas cuando detecta operaciones relacionadas con la venta ilegal de armas. Sin embargo, los jóvenes entrevistados afirmaron que las redes clandestinas buscan constantemente evadir los mecanismos de detección.
El atractivo económico es uno de los principales motores. Los jóvenes aseguraron obtener ganancias considerables por la reventa de armas y señalaron que, incluso durante meses considerados malos, podían obtener varios miles de dólares.
El dinero obtenido también se convierte en parte de la motivación. El Flaco, por ejemplo, presumía gastos elevados en regalos, ropa y otros artículos para sus parejas. Para estos jóvenes, las ganancias obtenidas mediante el tráfico representan una oportunidad para acceder rápidamente a bienes que difícilmente podrían adquirir con trabajos convencionales.
Pero detrás del dinero y de la aparente normalidad existe una conexión directa con organizaciones criminales mexicanas. JM reconoció que la mayoría de las armas que suministraba terminaba en manos del Cártel de Sinaloa, aunque insistió en que su grupo no estaba formalmente alineado con una organización específica.
Las autoridades sostienen que los cárteles recurren a intermediarios porque estos permiten ocultar a los responsables finales de las operaciones. Los adolescentes, con historiales generalmente limpios y menor experiencia frente a las consecuencias legales, pueden convertirse en eslabones particularmente vulnerables de estas redes.
El fenómeno también evidencia cómo la violencia vinculada al crimen organizado trasciende la frontera. Armas adquiridas en comunidades estadounidenses pueden terminar alimentando conflictos y delitos en México, mientras que jóvenes de ambos lados quedan atrapados en una cadena de actividades ilícitas.
Para los adolescentes entrevistados, sin embargo, el negocio continúa siendo una fuente de ingresos y reconocimiento. Uno de ellos incluso decidió trasladarse temporalmente a Sinaloa después de considerar que las autoridades estadounidenses comenzaban a seguir sus movimientos.
A pesar del temor a ser descubierto, su conclusión fue contundente: consideraba que, cuando regresara a Phoenix, todavía habría trabajo para él.
El testimonio refleja la dimensión de un problema que combina la disponibilidad de armas, las redes digitales, la cercanía fronteriza y el reclutamiento de jóvenes. Una cadena que comienza con compradores y vendedores en Estados Unidos puede terminar, miles de kilómetros después, en manos de organizaciones criminales mexicanas.
Publicado por Rocío Ledezma




