El viaje de una familia monclovense a Santiago de Chile para hacer realidad el sueño de unas jovencitas fans del grupo BTS
Por Manolo Acosta
Enviado especial
Hay sueños que comienzan frente a una pantalla y terminan convirtiéndose en una historia que merece contarse, para una familia de Monclova, Coahuila, el anhelo de sus hijas de ver en vivo a BTS fue el punto de partida de una travesía internacional que los llevó hasta Santiago de Chile, donde la música, la emoción y el descubrimiento de otra cultura se mezclaron en una experiencia inolvidable.
Después de no conseguir boletos para ver al grupo surcoreano en México, la familia Acosta Borrego decidió buscar otra posibilidad, la respuesta estaba al otro lado del continente: Chile. Lo que comenzó como una idea originada por su tía Iveth terminó por convertirse en un proyecto que empezaron a preparar desde mayo, con vuelos, hospedaje, recorridos y todos los detalles necesarios para hacer realidad el sueño. encabezado por la abuelita Army la maestra Ninfa Imelda Villarreal.
La aventura arrancó el martes 13 de octubre, desde Monclova los padres de las viajeras Manuel y Karina, acompañados por la abuelita Army la maestra Ninfa Imelda Villarreal, su otro hijo Édgar Alejandro, junto con Danna, Carla y Magaly viajaron por carretera hasta Monterrey para tomar un vuelo a la Ciudad de México, después de varias horas de espera, abordaron el avión que los llevaría a Santiago, en un trayecto nocturno de aproximadamente nueve horas.
La llegada a Chile, durante la mañana del día siguiente, marcó el inicio de una experiencia que iría mucho más allá del concierto, tras pasar por migración y trasladarse a su hotel, ubicado en la zona céntrica de Santiago, la familia comenzó a descubrir una ciudad distinta, con sus propios ritmos, costumbres, paisajes y sabores.
No habían recorrido miles de kilómetros solamente para escuchar canciones, también querían conocer el país que les abriría las puertas a uno de los momentos más esperados por sus hijas Danna, Carla y su sobrina Magali.
LOS ANDES: UNA PARADA ENTRE LAS NUBES
Uno de los primeros grandes recorridos fue hacia Valle Nevado, en la cordillera de los Andes, el jueves 15 de octubre, la familia se sumó a una excursión que los llevó desde la ciudad hasta los paisajes de alta montaña, donde la nieve, las curvas del camino y las vistas panorámicas ofrecieron un contraste con el entorno urbano de Santiago.
Para quienes venían de Monclova, encontrarse con aquellas montañas fue una experiencia especial. Se abrigaron, rentaron equipo para el frío y aprovecharon las paradas para tomar fotografías y contemplar el paisaje.
Durante el ascenso, el guía, Francisco, a quien llamaban cariñosamente “Panchito”, les recomendó caminar con calma y estar atentos a posibles síntomas de la altura, como mareos o náuseas. La ruta incluyó una parada para tomar fotografías y acostumbrarse gradualmente a las condiciones de la montaña.
En el recorrido también escucharon una historia que forma parte de la memoria de los Andes: la tragedia del avión que transportaba al equipo uruguayo de rugby Old Christians y que se estrelló en la cordillera el 13 de octubre de 1972.
Los sobrevivientes permanecieron aislados durante 72 días, la ayuda decisiva llegó cuando Fernando Parrado y Roberto Canessa encontraron al arriero chileno Sergio Catalán, cuyo apoyo permitió iniciar las gestiones que condujeron al rescate. Dieciséis personas sobrevivieron a aquella tragedia.
La historia dio otra dimensión al paisaje: aquellas montañas que para los visitantes ofrecían fotografías espectaculares también guardan episodios de resistencia, esperanza y supervivencia.
La excursión continuó por centros de montaña como Valle Nevado y El Colorado, donde la familia encontró incluso una bandera mexicana, un detalle que les recordó a su país en medio de la cordillera, también hubo oportunidad de probar la experiencia de esquiar, antes de continuar hacia Farellones, donde hicieron una pausa para comer.
SANTIAGO SE PINTÓ DE MORADO
El viernes 16 de octubre llegó el día que había motivado toda la travesía. Desde alrededor de las 11 de la mañana, el ambiente en las inmediaciones del Estadio Nacional de Santiago comenzó a llenarse de emoción.
Los seguidores de BTS, conocidos mundialmente como ARMY, llegaron con ropa alusiva al grupo, carteles, accesorios, cámaras y sus inseparables ARMY Bombs, las lámparas oficiales que, sincronizadas durante el espectáculo, forman parte de la experiencia colectiva de sus conciertos.
La familia recorrió la llamada ARMY Zone, donde los fanáticos intercambiaban photocards, regalaban pequeños recuerdos y convivían con personas llegadas de diferentes lugares, los puestos de artículos, las filas y las conversaciones entre seguidores convirtieron las calles cercanas al recinto en una fiesta antes de que comenzara la música.
Había quienes viajaron desde otros países y quienes llevaban años esperando la oportunidad de ver a sus artistas favoritos.
Adentro, la espera continuó entre música de ambiente, conversaciones, fotografías y la expectativa de miles de personas, cuando las luces, las pantallas y las ARMY Bombs comenzaron a transformar el estadio, la emoción se volvió colectiva.
BTS apareció ante un público que cantaba, gritaba y levantaba sus teléfonos para guardar el momento, las canciones de la etapa de ARIRANG formaron parte de una noche que, para los asistentes, fue mucho más que una presentación musical.
Durante aproximadamente dos horas y media, el recinto se convirtió en un mar de luces y voces. Las canciones fueron acompañadas por los coros de los fanáticos, los movimientos de las lámparas y la energía de una multitud que parecía conocer cada palabra y cada gesto.
Cada minuto en ese estadio parecía confirmar que el esfuerzo de organizar el viaje, recorrer aeropuertos y cruzar fronteras había valido la pena.
MÁS QUE UN CONCIERTO: UNA HISTORIA DE DIEZ AÑOS
Para Carla, una de las hijas, ver a BTS en persona significó reencontrarse con una parte importante de su propia historia.
Durante más de diez años había admirado al grupo a través de una pantalla. Sus canciones habían acompañado distintas etapas de su adolescencia, y la posibilidad de tenerlos frente a ella parecía, por momentos, algo difícil de creer.
La espera del concierto fue larga, llegó alrededor del mediodía y permaneció en el recinto hasta la noche, con la emoción creciendo conforme se acercaba el momento de verlos. Cuando finalmente los tuvo a pocos metros, las lágrimas, los cantos y los gritos hicieron difícil explicar todo lo que sentía.
Carla llevó carteles, participó en los fanchants —los coros organizados de los seguidores— y se sumó a las dinámicas y proyectos que ARMY prepara para acompañar al grupo. También compartió pequeños regalos con otros fanáticos, como parte de esa tradición de convivencia que caracteriza a la comunidad.
En medio de miles de personas, encontró un espacio donde todos parecían comprender la misma emoción, incluso sin conocerse. La felicidad se mezcló con incredulidad y nostalgia: el sueño se había cumplido, pero también estaba terminando una espera que había durado años.
Para ella, BTS no era solamente un grupo musical, era parte de su crecimiento, de sus recuerdos y de una etapa de su vida. Por eso, el viaje a Chile terminó convirtiéndose en una experiencia difícil de resumir en una sola fotografía.
VIÑA DEL MAR Y VALPARAÍSO: EL PACÍFICO COMO DESPEDIDA
La aventura no terminó cuando se apagaron las luces del Estadio Nacional, el sábado 17 de octubre, cuando el viaje comenzaba a acercarse a su final, la familia dedicó parte de la jornada a conocer Viña del Mar y Valparaíso, dos ciudades costeras con paisajes, historias y personalidades distintas.
Viña del Mar, conocida como la Ciudad Jardín, los recibió con vistas al océano Pacífico, jardines y rincones turísticos. Uno de los lugares que llamó su atención fue el Reloj de Flores, uno de los símbolos más reconocidos de la ciudad, instalado en 1962, año en que Chile fue sede de la Copa Mundial de Futbol.
Otro encuentro especial ocurrió frente al Museo Fonck, donde se encuentra un moái, una de las monumentales esculturas de piedra asociadas con Rapa Nui, también conocida como Isla de Pascua. La figura fue trasladada desde la isla al Chile continental en 1951 y permite a los visitantes acercarse a una expresión emblemática de la cultura rapanui sin tener que viajar hasta el remoto territorio insular.
Para la familia, detenerse frente a aquella escultura fue una oportunidad para descubrir otra faceta de Chile: un país cuya riqueza cultural no se limita a sus ciudades y montañas, sino que también incluye el legado ancestral de sus pueblos originarios.
El recorrido incluyó La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda convertida en muse, situada en el cerro Bellavista, la vivienda conserva objetos, colecciones y espacios vinculados con la vida del poeta chileno, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971. Desde allí, las vistas hacia la bahía ayudan a entender por qué el lugar fue uno de los espacios que inspiraron al escritor.
SABORES QUE TAMBIÉN CUENTAN UNA HISTORIA
La gastronomía chilena fue otra parte importante del viaje, la familia probó preparaciones como sopaipillas, mote con huesillo, cuchuflí, empanadas y completos, además de disfrutar platillos de pescado y salmón.
En una comida frente a los sabores del litoral, los productos del mar se convirtieron en protagonistas. Entre los platillos que probaron hubo uno cuya presentación llamó especialmente la atención porque llevaba fuego alrededor del recipiente. Más allá de su nombre —que quedó pendiente de identificar—, el momento se sumó a las experiencias curiosas y memorables del recorrido.
También hubo espacio para las diferencias entre las costumbres culinarias de México y Chile, acostumbrados a los tacos de olla de Monclova, preparados con tortillas de maíz rellenas de carne molida o papa y acompañados con lechuga y salsa, los visitantes no tardaron en buscar un toque de picante para sus comidas.
UN REGRESO CON LA MALETA LLENA DE RECUERDOS
El viaje había comenzado con una meta muy concreta: ver a BTS. Sin embargo, al regresar a casa, la historia era mucho más amplia. Habían conocido otra cultura, contemplado los Andes, escuchado relatos que forman parte de la historia sudamericana, probado nuevos sabores y recorrido ciudades frente al Pacífico.
Sobre todo, habían compartido una experiencia familiar construida alrededor del sueño de sus hijas.
A veces, cumplir un deseo requiere más que comprar un boleto, requiere organizarse, ahorrar, recorrer miles de kilómetros y atreverse a buscar una oportunidad cuando la primera puerta parece cerrada. Para esta familia de Monclova, el camino hasta Chile demostró que detrás de un sueño puede haber una aventura entera.
Y aunque el concierto terminó, las luces se apagaron y el avión los trajo de regreso a Coahuila, hay recuerdos que son más grandes que un estadio, y sueños que van de uno a otro país.
Publicado por Rocío Ledezma




