El viejo pito de La Estrella sonó e hizo recordar tiempos de cuando acompañaba a los parrenses en su despertar
Por: Benjamín Fuentes
La Prensa
PARRAS DE LA FUENTE, COAHUILA.- La mañana transcurría como cualquier otra en Parras. El sol comenzaba a calentar las calles y la rutina avanzaba sin sobresaltos. Pero, de pronto, algo rompió la calma: un sonido que no pertenecía al presente, un eco que parecía venir de otro tiempo.
Eran alrededor de las 11:00 horas cuando el viejo pito de la fábrica La Estrella volvió a sonar. No fue estruendoso como antes, ni prolongado como en sus años de gloria. Fue breve, tenue… pero suficiente. Suficiente para detener conversaciones, para levantar miradas, para hacer que más de uno cerrara los ojos y viajara décadas atrás.
Porque no era solo un silbatazo. Era memoria.
Para muchos parrenses, ese sonido significó el inicio de jornadas largas, el llamado al trabajo, la señal de que el sustento del día estaba en marcha. Fue el ritmo de vida de generaciones enteras, de familias que crecieron entre telares, esfuerzo y comunidad.
En cuestión de minutos, la nostalgia encontró su camino en redes sociales. Los recuerdos comenzaron a brotar como si hubieran estado esperando ese instante:
historias de quienes vivían cerca y al principio se asustaban con el estruendo; relatos de hijos llevando el lonche a sus padres; memorias de vecinos que compartían no solo el trabajo, sino la vida misma alrededor de la fábrica.
“Se escuchó bajito, pero qué bonito…”, escribió alguien. Y en esa frase sencilla cabía todo: emoción, sorpresa y un cariño intacto por lo que fue.
Algunos dicen que el sonido pudo estar ligado a un recorrido realizado ese mismo día dentro de la antigua planta, donde se compartió la historia de ese lugar que no solo marcó a Parras, sino a toda una región. Desde sus orígenes en el siglo XIX, La Estrella se convirtió en símbolo de trabajo, de progreso y de identidad.
Hoy, sus muros siguen en pie, pero en silencio. Sus máquinas ya no rugen, y sus pasillos no tienen el ir y venir de antes. Sin embargo, por unos instantes, todo eso pareció regresar.
Porque hay sonidos que no envejecen.
Hay recuerdos que no se apagan.
Y aquella mañana, en Parras, bastó un solo silbido para demostrar que la historia sigue viva… latiendo en el corazón de su gente.